Cuando un sistema de salud evalúa una nueva tecnología, casi siempre la primera pregunta es la misma: ¿Cuánto cuesta adoptarla?
Es una pregunta lógica. Incorporar una innovación exige recursos que podrían destinarse a otras intervenciones; por tanto, toda decisión debe justificar su uso.
Sin embargo, existe una segunda pregunta que con frecuencia queda fuera de la discusión: ¿Cuánto cuesta no adoptarla?
Resulta curioso que la decisión de no incorporar una innovación suele percibirse como la alternativa «segura» o incluso como una decisión sin costo. Si un medicamento no se financia, el presupuesto del próximo año no aumenta y, aparentemente, el sistema continúa funcionando exactamente igual.
Pero esa percepción es engañosa. No incorporar una innovación no significa que el sistema permanezca inmóvil. Significa que continúa utilizando la alternativa disponible.
Y esa también es una decisión. La diferencia es que el costo de esa decisión rara vez figura explícitamente en los presupuestos.
Existe una razón por la que tendemos a concentrarnos en el costo de innovar y, mucho menos, en el de esperar. El costo de una nueva tecnología es inmediato, visible y cuantificable. Aparece claramente en las negociaciones de precio, en los análisis de impacto presupuestal y en los presupuestos del año en curso.
En cambio, los beneficios de muchas innovaciones suelen materializarse de forma progresiva en los años siguientes: las hospitalizaciones que nunca ocurrieron, las complicaciones que se evitaron, la discapacidad que no llegó a desarrollarse, los años de vida ganados.
Todo ello es mucho menos visible. En otras palabras, los sistemas de salud suelen enfrentar una desalineación temporal entre el momento en que deben asumir el costo de una innovación y el en que comienzan a observar sus beneficios.
Ese fenómeno explica, al menos en parte, por qué muchas innovaciones encuentran mayores barreras de acceso que las tecnologías destinadas al tratamiento de enfermedades ya establecidas.
Imaginemos un nuevo tratamiento capaz de reducir hospitalizaciones, retrasar la progresión de una enfermedad o disminuir la mortalidad.
Si su incorporación se retrasa durante cinco años mientras se discute su financiación, ¿qué ocurre durante ese tiempo?
Los pacientes continúan enfermando, las complicaciones siguen apareciendo, las hospitalizaciones se siguen produciendo, la discapacidad aumenta y se registran muertes potencialmente evitables. Todo ello tiene un costo. No solamente humano, sino también económico.
En economía existe un concepto conocido como costo de oportunidad. Cuando elegimos una alternativa, renunciamos a los beneficios que habría producido la otra.
Habitualmente utilizamos este concepto para explicar por qué un sistema de salud no puede financiar todas las tecnologías disponibles.
Sin embargo, el mismo principio funciona exactamente en sentido contrario. Cuando decidimos no adoptar una innovación, también estamos eligiendo una alternativa. Y esa alternativa tiene consecuencias.
Paradójicamente, solemos exigir estimaciones muy precisas del costo de incorporar una nueva tecnología, pero rara vez cuantificamos con el mismo rigor el costo de mantener la tecnología existente.
En otras palabras, sometemos la innovación a un análisis exhaustivo, mientras asumimos que seguir haciendo lo mismo prácticamente no conlleva consecuencias adicionales. Pero sí las tiene. Toda evaluación económica compara dos escenarios. El primero responde a la pregunta: ¿Qué ocurrirá si incorporamos la innovación? El segundo pregunta: ¿Qué ocurrirá si no lo hacemos?
Solo la comparación entre ambos escenarios permite estimar el valor real de una decisión. Existe, además, otro aspecto que suele pasar desapercibido.
Cuando hablamos del costo de una innovación, casi siempre pensamos en el precio del medicamento. Sin embargo, el costo de no adoptarla no desaparece. Simplemente cambia de lugar. Lo asume el paciente, cuya enfermedad continúa progresando. Lo asume la familia, que dedica más tiempo al cuidado y ve afectada su calidad de vida. Lo asume el hospital, que continúa atendiendo complicaciones potencialmente evitables.
Lo asume el asegurador, que continúa financiando consultas, procedimientos y hospitalizaciones. Y, finalmente, la sociedad lo asume mediante la pérdida de productividad, la dependencia y las mayores necesidades de atención sanitaria.
El costo de la inacción no desaparece; simplemente se distribuye. Existe, además, una diferencia fundamental que con frecuencia se pasa por alto. El costo individual de una innovación no es lo mismo que su impacto presupuestal.
Una tecnología puede tener un costo elevado por paciente y, sin embargo, generar un impacto relativamente pequeño en el sistema si está dirigida a una población reducida.
Del mismo modo, una intervención aparentemente económica puede representar una enorme carga financiera cuando debe ofrecerse a millones de personas.
Por eso, una buena decisión no puede basarse únicamente en el costo unitario de una tecnología. También debe considerar el número de personas que la recibirán, los eventos que evitará y los recursos que dejarán de utilizarse en el futuro.
No se trata de incorporar todas las innovaciones de inmediato. Tampoco de asumir que toda nueva tecnología constituye automáticamente una buena inversión.
Las evaluaciones rigurosas siguen siendo indispensables. Pero esas evaluaciones deberían analizar ambas alternativas con el mismo rigor: innovar y no innovar. Solo así es posible estimar el verdadero costo de cada decisión.
Durante los últimos meses, en True Briefings hemos hablado del precio, del costo, del valor, de la costo-efectividad, del horizonte temporal y de las enfermedades raras.
Todos esos conceptos conducen a la misma conclusión. Las decisiones en salud no deben evaluarse únicamente por lo que cuestan. También deben evaluarse por lo que permiten evitar. Cada hospitalización que no ocurre. Cada complicación que se evita. Cada año de vida ganado. Cada paciente conserva su autonomía. Todo ello representa valor.
Y ese valor también forma parte del costo de no actuar. Quizá entonces la pregunta correcta no sea simplemente cuánto cuesta incorporar una innovación. Quizá la verdadera pregunta sea otra. ¿Cuál es el costo total de cada una de las alternativas disponibles? Porque innovar tiene un precio. Pero también continuar haciendo lo mismo. La diferencia es que el costo de la innovación suele reflejarse con claridad en los presupuestos. El costo de la inacción, en cambio, rara vez aparece en ellos.