Durante décadas, los programas de vacunación infantil fueron diseñados en sociedades donde cada año nacían cohortes numerosas de niños. Hoy, esa realidad está cambiando. Colombia, al igual que muchos otros países, atraviesa una profunda transición demográfica. Cada año nacen menos niños, mientras que la proporción de adultos mayores aumenta progresivamente.
A primera vista, esta transformación podría llevar a una conclusión aparentemente lógica: si nacen menos niños, las intervenciones dirigidas a la población infantil tendrán cada vez menor importancia para el sistema de salud. Pero ¿y si ocurriera exactamente lo contrario?
¿Es posible que el valor de proteger la salud de cada nueva generación aumente precisamente porque esas generaciones son cada vez más pequeñas?
La pregunta requiere una aclaración. Una vacuna no se vuelve más eficaz porque disminuye la natalidad. Su capacidad para prevenir una enfermedad no depende del número de niños que nazcan. Tampoco estamos sugiriendo que la vida de un niño tenga mayor valor porque haya menos niños.
Lo que cambia es el contexto demográfico, económico y social en el que se produce esa ganancia en salud. Y ese contexto puede modificar el valor de la prevención.
Menos niños también significa menos niños que vacunar
La primera consecuencia de la caída de los nacimientos es bastante evidente: disminuye el tamaño de la población objetivo de los programas de vacunación infantil. Si una cohorte de nacimiento es menor, también será menor el número de dosis necesarias para alcanzar una cobertura determinada. Esto tiene una importante implicación económica.
Aunque el precio de una vacuna permanezca exactamente igual, el impacto presupuestal de proteger a toda una cohorte puede disminuir porque hay menos personas que la necesitan. Esta distinción es fundamental. El precio de una dosis puede no cambiar.
La costo-efectividad por individuo tampoco necesariamente cambia por el simple hecho de que disminuya la natalidad. Pero el presupuesto necesario para alcanzar coberturas elevadas sí puede hacerlo. Paradójicamente, mientras disminuye el número de niños, puede aumentar la factibilidad financiera de proteger prácticamente a toda una nueva generación.
Pero esta es solo una parte de la historia.
Cada nueva generación será proporcionalmente más pequeña
Cuando la fecundidad permanece durante años por debajo del nivel de reemplazo, el efecto no se limita a que haya menos niños en los colegios o menos pacientes en los servicios pediátricos. Con el tiempo, cambia la estructura de la población. Los niños de hoy serán los adultos jóvenes de mañana.
Y si cada generación es menor que la anterior, en unas décadas habrá proporcionalmente menos personas en edad productiva y una mayor proporción de adultos mayores. Esto modifica la relación de dependencia y plantea enormes desafíos para los sistemas de salud, los sistemas pensionales y las economías. Una población trabajadora proporcionalmente más pequeña deberá contribuir al sostenimiento de una sociedad progresivamente más envejecida, en la que aumentará la demanda de atención para enfermedades crónicas, discapacidad, dependencia y cuidados de largo plazo.
Desde esa perspectiva, proteger la salud de las nuevas generaciones adquiere una dimensión distinta. No porque una persona tenga un valor mayor o menor según su capacidad productiva.
El valor de una vida humana no puede reducirse a su contribución económica.
Pero una sociedad también debe reconocer que la salud de sus generaciones futuras forma parte de su capital humano. Y cuando esas generaciones son cada vez más pequeñas, preservar su salud cobra una importancia creciente.
Prevenir una enfermedad infantil puede generar beneficios durante décadas
Una vacuna evita mucho más que un episodio agudo de enfermedad. Dependiendo de la infección que prevenga, puede evitar consultas, hospitalizaciones, complicaciones, discapacidad permanente o la muerte. Cuando esos eventos se evitan en la infancia, los beneficios pueden perdurar durante prácticamente toda la vida.
Un niño que evita una secuela grave puede conservar oportunidades educativas, autonomía, participación social y capacidad productiva durante décadas. Su familia puede evitar años de cuidado informal. El sistema de salud puede evitar costos futuros asociados a la discapacidad y a las enfermedades crónicas.
Y la sociedad conserva capital humano que, de lo contrario, podría haberse perdido. Aquí vuelve a aparecer un concepto fundamental de la economía de la salud: el horizonte temporal. Si una intervención preventiva dirigida a niños se evalúa únicamente durante los primeros años posteriores a la vacunación, una parte importante de sus beneficios puede permanecer invisible.
Los costos de vacunación aparecen hoy. Algunos de sus beneficios, en cambio, pueden seguir acumulándose durante 20, 40, 60 o incluso más años. La transición demográfica hace que esa perspectiva de largo plazo sea aún más relevante.
Menos casos no necesariamente significan menor prioridad
Existe además una paradoja adicional. Cuando disminuye el número de niños, algunas enfermedades pediátricas podrían presentar menos casos absolutos, simplemente porque hay una población menor en riesgo. Un decisor podría observar esa disminución y concluir que el problema sanitario también perdió importancia.
Pero el riesgo individual de enfermar puede no haber cambiado. Lo que cambió fue el denominador. Y, al mismo tiempo, ocurrió algo que puede pasar inadvertido: también disminuyó el número de personas que necesitamos proteger para alcanzar una cobertura prácticamente universal.
Esta distinción resulta particularmente importante cuando los sistemas de salud deben decidir si incorporan nuevas estrategias preventivas. La pregunta no debería limitarse a:
¿Cuántos casos ocurren actualmente?
También debería incluir:
¿Cuánto costaría proteger a toda la población susceptible y qué beneficios produciría esa protección durante el resto de sus vidas?
La transición demográfica también cambia la economía de la prevención
Este razonamiento no se limita necesariamente a las vacunas administradas directamente a los niños. Algunas estrategias de vacunación materna, por ejemplo, buscan proteger al recién nacido durante los primeros meses de vida. Cuando disminuyen los nacimientos, también disminuye el número de mujeres embarazadas que deben vacunarse para proteger prácticamente a una cohorte completa de recién nacidos.
Nuevamente, la transición demográfica modifica el contexto económico de la intervención. Menos nacimientos pueden significar una población objetivo menor y, por tanto, un impacto presupuestal distinto. Pero, simultáneamente, cada cohorte que protegemos formará parte de generaciones cada vez más pequeñas en una sociedad cada vez más envejecida.
Entonces, ¿es mayor el valor de una vacuna?
Quizá esta no sea exactamente la pregunta. La eficacia biológica de la vacuna no aumentó. El valor de la vida de un niño tampoco depende del tamaño de su generación. Lo que cambió fue el contexto en el que evaluamos los beneficios de prevenir la enfermedad.
Durante décadas pensamos en la vacunación infantil en sociedades caracterizadas por cohortes numerosas y poblaciones relativamente jóvenes. La transición demográfica nos obliga a reconsiderar esa perspectiva. Una sociedad con menos nacimientos tendrá menos niños que proteger, pero también generaciones futuras más pequeñas, una población más envejecida y una necesidad creciente de preservar la salud, la autonomía y el capital humano de quienes sostendrán esos sistemas durante las próximas décadas.
Quizá entonces la caída de la natalidad no reduzca la importancia de invertir en la vacunación infantil.
Quizá haga que proteger a cada nueva generación resulte aún más importante.