¿Qué aprendimos realmente del caso Wakefield?

En febrero de 1998, The Lancet, una de las revistas médicas más prestigiosas del mundo, publicó un artículo que cambiaría para siempre la conversación sobre las vacunas. Andrew Wakefield y sus colaboradores describieron una serie de apenas 12 niños con trastornos del desarrollo y síntomas gastrointestinales. El artículo planteaba una posible asociación temporal entre la vacuna triple viral —sarampión, paperas y rubéola (MMR)— y la aparición de alteraciones del comportamiento.

Era un estudio pequeño, sin grupo de control y cuyo diseño no permitía establecer causalidad. Sin embargo, la historia que llegó al público fue mucho más sencilla: la vacuna MMR podría causar autismo.

La afirmación se propagó rápidamente. Y sus consecuencias todavía nos acompañan. Pero el caso Wakefield no es importante únicamente porque aquella asociación resultó falsa. Su verdadera relevancia radica en todo lo que ocurrió después y en las lecciones que dejó sobre la evidencia científica, los conflictos de interés, la revisión por pares, la comunicación del riesgo y la confianza.

Cuando el problema no es simplemente equivocarse

La ciencia se equivoca. Una investigación puede encontrar una asociación que posteriormente no se confirma. Un estudio puede presentar limitaciones metodológicas o producir resultados que otros investigadores no logran reproducir. Eso forma parte del proceso científico. Pero el caso de Wakefield fue diferente.

Años después se supo que, antes de la publicación del artículo, Wakefield trabajaba con abogados que preparaban demandas contra los fabricantes de vacunas. Una investigación publicada posteriormente por The BMJ documentó que había recibido más de £435.000, además de gastos, por este trabajo relacionado con el litigio. Ese conflicto de interés no fue declarado adecuadamente en la publicación original. Las investigaciones posteriores encontraron problemas aún más graves.

La información clínica publicada no coincidía, en varios casos, con los registros clínicos; algunos niños presentaban alteraciones del desarrollo antes de recibir la vacuna; las fechas y características de determinados síntomas habían sido reportadas de manera que, aparentemente, fortalecían la relación temporal con la vacunación; y existían problemas en la selección de los pacientes. También se documentaron graves irregularidades éticas.

El General Medical Council británico concluyó que Wakefield había actuado de manera deshonesta y había sometido a niños a procedimientos invasivos sin indicación clínica adecuada y en condiciones que incumplían las autorizaciones éticas correspondientes.

En 2010, The Lancet retiró por completo el artículo y Wakefield fue posteriormente retirado del registro médico británico por serious professional misconduct. No estábamos, por tanto, simplemente ante una hipótesis científica equivocada. Estábamos ante un grave caso de mala conducta científica.

Pero Wakefield no actuó solo

Sería cómodo terminar allí la historia. Un investigador actuó incorrectamente; la ciencia lo descubrió, el artículo fue retractado y el responsable recibió una sanción. Pero esa interpretación evita una pregunta mucho más incómoda:

¿Cómo pudo ocurrir?

El artículo no apareció en una revista marginal. Fue publicado en The Lancet. Pasó por los mecanismos editoriales y de revisión científica vigentes en ese momento. Sus conflictos de interés no fueron identificados adecuadamente y pasaron años antes de que las irregularidades fueran plenamente investigadas y el artículo finalmente fuera retractado. Aquí aparece una de las primeras grandes lecciones.

Que algo esté publicado no significa necesariamente que sea cierto.

La revisión por pares es un mecanismo fundamental de la ciencia, pero no constituye una garantía de verdad. Puede detectar errores, inconsistencias o problemas metodológicos, pero también puede fallar. El prestigio de una revista tampoco sustituye la lectura crítica.

La calidad de la evidencia depende del diseño del estudio, de cómo fue realizado, de la transparencia de los investigadores y, sobre todo, de que sus resultados puedan ser contrastados y reproducidos por otros. Paradójicamente, el caso Wakefield demuestra, a la vez, una debilidad y una fortaleza de la ciencia.

La debilidad es evidente: sus mecanismos de control pueden fallar.

La fortaleza es menos visible: la ciencia dispone de mecanismos para corregirse.

Otros investigadores intentaron comprobar aquella asociación. Estudios cada vez más numerosos acumularon evidencia que no confirmó una relación causal entre la vacuna MMR y el autismo. El artículo fue cuestionado, investigado y, finalmente, retractado. La ciencia corrigió el error. Pero entonces apareció un problema mucho más difícil.

Corregir la evidencia no significa corregir la creencia

Una vez instalada en la sociedad la asociación entre las vacunas y el autismo, eliminarla ha resultado extraordinariamente difícil. Y aquí está, probablemente, la enseñanza más importante del caso Wakefield. La evidencia científica y la percepción del riesgo funcionan de manera diferente.

Para un epidemiólogo, nuevos estudios con cientos de miles de niños que no encuentran una asociación entre MMR y autismo constituyen evidencia enormemente más sólida que una serie inicial de 12 pacientes. Pero las decisiones humanas no dependen únicamente de las probabilidades. Dependen también del miedo, de experiencias personales, de historias que recordamos con facilidad y, especialmente, de la confianza.

Para unos padres preocupados por la salud de su hijo, incluso una probabilidad extraordinariamente pequeña puede adquirir una importancia enorme si la consecuencia percibida es grave. Por eso responder a la desinformación simplemente acumulando más datos no siempre funciona.

Más evidencia no necesariamente genera más confianza.

La propia Organización Mundial de la Salud reconoce actualmente que mantener altas coberturas de vacunación exige comprender no solo el acceso a las vacunas, sino también los factores sociales y conductuales que determinan su aceptación, y construir activamente confianza mediante la comunicación, la participación comunitaria y profesionales sanitarios preparados para responder a las preocupaciones de la población.

La desinformación también tiene un costo

El caso Wakefield dejó, además, otra enseñanza que trasciende la epidemiología. Cuando disminuye la confianza en una vacuna, las consecuencias no se limitan al ámbito de las opiniones. Si caen las coberturas, aumenta el número de personas susceptibles. Cuando esa población alcanza un tamaño suficiente, enfermedades que estaban controladas pueden reaparecer.

Y entonces vuelven a aparecer consultas, hospitalizaciones, complicaciones, discapacidad y muertes. También aparecen costos. Costos para las familias. Costos para los hospitales. Costos para los sistemas de salud. Costos para la sociedad. La OMS señala que mantener coberturas de al menos 95% con dos dosis de la vacuna contra el sarampión constituye una estrategia esencial para eliminar la transmisión de una enfermedad extraordinariamente contagiosa.

Esto no significa que Wakefield explique por sí solo toda la vacilación actual frente a las vacunas. Las razones por las que las personas retrasan o rechazan la vacunación son múltiples y varían según la población y el contexto. Pero su caso demostró con extraordinaria claridad hasta dónde puede llegar una afirmación científicamente defectuosa cuando logra erosionar la confianza.

La verdadera lección

Quizá por eso hemos aprendido algo mucho más importante del caso Wakefield que simplemente confirmar que la vacuna MMR no causa autismo. Aprendimos que los conflictos de interés deben declararse. Que la revisión por pares puede fallar. Que el prestigio de una revista no convierte automáticamente una publicación en evidencia sólida.

Que los resultados extraordinarios deben reproducirse. Que la comunicación científica también tiene consecuencias. Y, sobre todo, aprendimos que la confianza constituye uno de los activos más valiosos de cualquier sistema de salud. La ciencia puede equivocarse.

Su fortaleza consiste precisamente en que puede revisar sus conclusiones cuando surge nueva evidencia y corregir sus errores. Pero la sociedad no funciona con los mismos mecanismos. Una afirmación falsa puede difundirse en cuestión de días. Demostrar que es falsa puede requerir años de investigación.

Y recuperar la confianza perdida puede requerir aún más tiempo. El artículo de Wakefield fue finalmente retirado de la literatura científica. La idea que ayudó a instalar, en cambio, sobrevivió. Tal vez esa sea la mayor enseñanza de toda esta historia:

Retractar un artículo puede llevar una página.

Retractar una idea de la sociedad puede llevar décadas.

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