¿Qué significa realmente que una tecnología sea costo-efectiva?

En el mundo de la salud es frecuente encontrar titulares, informes o decisiones regulatorias que afirman que una tecnología es «costo-efectiva». Sin embargo, pocas expresiones generan tanta confusión como esta.

Para algunos, una tecnología costo-efectiva es simplemente una tecnología barata. Para otros, significa que genera ahorros para el sistema de salud. Incluso hay quienes interpretan que si una intervención es costo-efectiva, debería financiarse automáticamente.

Ninguna de estas interpretaciones es necesariamente correcta.

Comprender qué significa realmente que una tecnología sea costo-efectiva es importante porque este concepto influye cada vez más en las decisiones relacionadas con medicamentos, vacunas, dispositivos médicos y programas de salud pública.

Comencemos por aclarar algunos mitos frecuentes.

El primero es creer que una tecnología costo-efectiva debe ser barata. En realidad, la costo-efectividad no depende del precio aislado de una intervención. Una tecnología puede tener un precio elevado y, aun así, ser considerada costo-efectiva si los beneficios que genera justifican la inversión adicional. Del mismo modo, una tecnología de bajo precio puede no ser costo-efectiva si aporta pocos beneficios en comparación con las alternativas disponibles.

El segundo mito es pensar que una tecnología costo-efectiva necesariamente genera ahorros. De hecho, muchas de las tecnologías consideradas costo-efectivas aumentan el gasto total del sistema de salud. La diferencia es que los beneficios obtenidos pueden ser lo suficientemente importantes como para justificar ese gasto adicional. En otras palabras, una tecnología puede costar más dinero y seguir siendo considerada una buena inversión.

El tercer mito consiste en asumir que una tecnología costo-efectiva debe financiarse automáticamente. La realidad es más compleja. La costo-efectividad es un criterio importante para la toma de decisiones, pero no el único. Los sistemas de salud también deben considerar aspectos como el impacto presupuestal, la equidad, la gravedad de la enfermedad, las prioridades sanitarias y la disponibilidad de recursos.

Entonces, ¿qué significa realmente que una tecnología sea costo-efectiva?

En esencia, una evaluación económica compara dos o más alternativas. Su objetivo es estimar qué resultados se obtienen con cada una y los recursos necesarios para alcanzarlos.

En algunos casos, una nueva tecnología produce mejores resultados clínicos, pero también implica mayores costos. Cuando esto ocurre, la pregunta fundamental es sencilla:

¿Cuánto estamos pagando por cada beneficio adicional que obtenemos?

Ese beneficio puede medirse de diferentes formas. Dependiendo del análisis, podría expresarse como años de vida ganados, hospitalizaciones evitadas, eventos clínicos prevenidos o años de vida ajustados por calidad (QALYs).

El resultado de esta comparación suele resumirse mediante una razón incremental de costo-efectividad, conocida como ICER por sus siglas en inglés. Aunque el nombre puede parecer intimidante, su interpretación es relativamente simple: representa cuánto cuesta obtener una unidad adicional de beneficio al utilizar una alternativa en lugar de otra.

Sin embargo, aquí aparece un aspecto que con frecuencia recibe menos atención que los resultados en sí.

Supongamos que un análisis concluye que una tecnología tiene un costo de USD 20.000 por cada año de vida ajustado por calidad ganado. ¿Ese resultado es bueno o malo?

La respuesta depende del criterio utilizado para interpretarlo.

Si el umbral de disposición a pagar fuera de USD 10.000 por QALY, la tecnología no se consideraría costo-efectiva. Si el umbral fuera de USD 30.000 por QALY, exactamente el mismo resultado sí podría considerarse costo-efectivo.

La tecnología no cambió.

Los resultados clínicos tampoco.

Lo único que cambió fue el criterio utilizado para interpretar esos resultados.

Por esta razón, una tecnología no es costo-efectiva en términos absolutos. La costo-efectividad siempre depende del contexto y de los criterios que una sociedad adopte para decidir cuánto está dispuesta a invertir en mejoras de la salud.

Esto conduce a una discusión aún más interesante. ¿Debe utilizarse exactamente el mismo criterio para todas las enfermedades y todas las tecnologías? ¿Debería evaluarse de la misma manera una intervención destinada a una enfermedad rara que otra dirigida a una enfermedad altamente prevalente? ¿Deberían considerarse factores como la gravedad de la enfermedad, la edad de los pacientes o la magnitud de los beneficios obtenidos?

No existe un consenso universal sobre estas preguntas, pero cada vez ocupan un lugar más importante en los debates sobre el acceso y la innovación en salud.

Quizá la lección más importante sea esta: una evaluación económica no determina si una tecnología es buena o mala. Tampoco decide automáticamente si debe financiarse. Lo que hace es proporcionar información estructurada para ayudar a tomar decisiones en un contexto en el que los recursos siempre son limitados. En última instancia, cuando escuchamos que una tecnología es costo-efectiva, la pregunta relevante no es cuánto cuesta. La pregunta realmente importante es qué beneficios genera, en comparación con qué alternativa y bajo qué criterio interpretamos el resultado.

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